María Novo ¬ La historia de mis historias
La historia de mis historias
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LA HISTORIA DE MIS HISTORIAS
(Un currículo un tanto informal que intenta relatar una vida en pocas páginas)


Me gusta comenzar este relato informal diciendo que fui una niña feliz, que jugué durante toda mi infancia en la calle, algo de lo que me siento enormemente orgullosa...; que no fui al colegio hasta los siete años, cuando ya había aprendido de forma natural casi todo lo importante... y que, según iba creciendo, además de los amores propios de cada edad, me fui enamorando poco a poco del conocimiento, de la aventura de descubrir, del placer de encontrar explicaciones, siempre parciales, a las preguntas sobre la vida.

Estudié en un colegio mixto y laico, de quince alumnos y alumnas por clase, lo cual, visto desde ahora, me parece un enorme privilegio. En él tuve buenos maestros, algunos excelentes, y aprendí conciliar el aprendizaje con el disfrute, también a convivir con lo diferente que, en esta ocasión, consistía en llevarme bien con los chicos –esos seres tan raros y desconocidos- entre los que hice buenos amigos.

En lo que puedo recordar, escribí mi primer poema hacia los doce años, imitando las rimas de “La vaquera de La Finojosa”, aunque con un tema distinto, por supuesto. No lo conservo, pero sí me bailan todavía algunos versos en la memoria (¡manifiestamente mejorables...!)

Escribir se fue convirtiendo en algo habitual para mi: diarios, cartas, muchas cartas... y poemas. También leer, claro está, leer a los poetas, a los grandes, al Neruda del amor, al Cernuda del exilio, al Miguel Hernández de la España oculta en los libros de texto... Muy pronto descubrí el “Canto a mi mismo”, de Walt Withman. Me lo aprendí de memoria. Todavía lo conservo, con sus páginas amarillas, y sigo agradeciendo la compañía que me hizo y el modo en que despertó en mi la vivencia de ser parte de la Naturaleza.

En estos descubrimientos y en tantos otros tuvieron mucho que ver mis amigos. Aprendí a crecer en grupo, a alimentarme de la amistad, a dar y recibir ideas, inquietudes, descubrimientos, búsquedas... Así he ido creciendo, así me fui haciendo adulta, siempre cogida de otras manos.

Estrené el amor y supe lo que era subir a las alturas. También aprendí a perderlo. Muy joven todavía, concilié el trabajo con el estudio, la mesa de oficina con la Universidad, y eso me obligó a organizar mi tiempo, a aprender a usarlo como un tesoro, a saber compartir obligaciones y diversión, porque, claro, también me gustaba, y mucho, bailar y divertirme.

Y, aunque no sea muy propio de una biografía como esta, diré que comencé a bailar muy pronto y que nunca he dejado de hacerlo. Aún hoy reservo un tiempo para ese regalo del cuerpo, para el placer de moverme al ritmo de la música y dejar que descanse la mente, mientras el corazón trabaja muy deprisa.

A mediados de los setenta publiqué mi primer libro de poemas cuyo título –Yo no sé- ya anunciaba la duda, la intuición de que el conocimiento absoluto sobre nosotros y sobre el mundo resulta una aventura imposible. Aquellos poemas de juventud no sólo expresaban un estado del alma sino también, comienzo a comprenderlo, anticipaban toda la búsqueda que habría de seguirles, búsqueda que cada vez me iría remitiendo con más fuerza a la aceptación activa del misterio, a ese "estar atentos" que precede a la llegada inadvertida de la luz, cualquier luz, para después marcar el regreso al silencio, recomponer la pregunta, enseñarnos de nuevo la espera sin señales.

En ese mismo año me “estrenaba” como ecologista, promoviendo la defensa de un parque que las inmobiliarias querían dejar reducido a bloques de viviendas. Junto con un pequeño grupo de personas, en A Coruña, conseguimos salvar el que entonces se llamaba “monte de Santa Margarita” y que se le diera el carácter de parque público. Hoy es un lugar hermoso y cuidado que alberga la Casa de las Ciencias.

Desde entonces, mi trayectoria vital como mujer ha estado siempre acompañada por estas dos dimensiones: la artística y la ambientalista, sin querer ni poder separar la una de la otra.

En esta época, terminados mis primeros estudios universitarios, comencé los segundos. Era imposible dejar de aprender. Pero, al tiempo, me casé, tuve hijos, y descubrí así el amor incondicional que viene de la maternidad, que nunca se extingue. De nuevo el tiempo resultaba escaso... De nuevo aprendí a unir mi papel de compañera, de madre, con mi carrera universitaria. Hice mi tesis doctoral cuando mis hijos eran pequeños, y supe lo que es tener algunos libros de trabajo pintados con lápices de colores en un momento de descuido... (estaba aprendiendo a conciliar el orden y el desorden, algo que me vendría muy bien para mi vida futura...).

Unos años más tarde, hacia 1982, comencé a pintar. Era una forma de expresar complejidades que “se resistían” al lenguaje escrito y mucho más a ser explicadas mediante leyes o teorías. Ello me permitió comunicarme en otro lenguaje, seguir haciendo, por medios distintos, lo que comenzaba a ser ya una actividad habitual en mi: contar historias. Desde entonces, nunca he abandonado la pintura. Ella cubre una parte importantísima de mi vida, es un lenguaje que me permite hablar de lo indecible, dialogar sin palabras con la ciencia, poner en alto un sueño...

En 1984 leí mi tesis doctoral sobre Educación Ambiental. Ya sabía por donde quería caminar definitivamente en el campo profesional. Esa materia no era conocida en la Universidad. Mis compañeros me preguntaban, un poco sorprendidos, que cómo pensaba arreglármelas para trabajar en algo “que no existía”... Pero yo intuía que se trataba de una cuestión ineludible, de una oferta que había que hacer a la sociedad para que nuestros hijos y nuestros nietos supiesen el valor de la Naturaleza y aprendiesen a respetarla. Mi experiencia profesional posterior me ha confirmado que la apuesta valía la pena.

Concluido mi doctorado, la Universidad se consolidó como mi hogar profesional. Tuve la suerte de poder trabajar en mi tema y, a través de la docencia y la investigación, pude conocer a personas maravillosas que enriquecieron mi vida humana y profesionalmente. Pero había que seguir estudiando... desde luego, porque el tema se las traía y estar al día en cuestiones ambientales era y es una tarea apasionante.

Todo este largo período estaba siendo, además, un tiempo en el que convivían varias Marías dentro de mi, en especial dos que, desde el territorio profesional, iban necesitando ponerse de acuerdo sin demora: la María que indaga y pide respuestas a la ciencia y la que experimenta la pulsión creadora del arte. Conciliarlas, conseguir que se llevasen bien, supuso aprender, por necesidad, el inevitable diálogo entre mente y corazón, entre lo que la razón anuncia y ese movimiento del alma del que no puede dar cuenta ninguna ley o teoría.

En tales condiciones, el proyecto de relacionar las visiones científicas del mundo y la expresión artística (lo que más tarde sería el Proyecto Ecoarte) surgió no como un producto de la reflexión, ni siquiera tomando una forma precisa, sino como una instancia vital, como el enunciado de un proceso cuyo devenir yo misma desconocía. Se trataba, en esencia, de aunar a las dos personas que (entre otras...) vivían en mi interior: la que interroga a la ciencia para explicar y explicarse el mundo, y la que intuye, ama e imagina a través del arte para dejar que el mundo sea a la vez un lugar de sentimientos, de emociones, de hallazgos, donde el conocimiento, cuando llega, acaso nos sorprende con respuestas a preguntas no formuladas.

En mi actividad artística de los años siguientes –pintura y poesía- está el desarrollo de esa propuesta, el intento de esbozar desde el lenguaje del arte algunas ideas siempre retadoras, siempre inalcanzables en su complejidad, de Heisenberg, Bateson, Bohm... y también de algunos sugerentes científicos vivos: Murrai Gell-Mann, Prigogine, Margalef, Morin, Freire y tantos otros. Ellos me enseñaron que el pensamiento, como la vida, sólo crece y se regenera cuando se somete al fuego, a la posibilidad de su destrucción purificadora. Y que el tiempo que viene después abre la puerta a la reconstrucción, nos asoma a lo inédito, a la utopía. Ahora sé que la única forma de no quemarse es seguir ardiendo.

No menos aprendí de mis maestros artistas. Del Paul Klee que me advertía cuán precioso es el conocimiento de las leyes con la condición de precaverse de todo esquematismo que confunda la ley desnuda con la realidad viva. Del visionario Hölderlin que luchó por restablecer el diálogo entre el ser humano y la naturaleza. Del Whitman para quien una hoja de hierba es tan perfecta como la jornada sideral de las estrellas. Del Zóbel empeñado en mirar al río Júcar para nombrarlo con su luz... Después de tantas preguntas, ellos me ayudaron a comprender que, como intuyó María Zambrano, a los claros del bosque no se va a preguntar, que lo invisible nos pasa rozando, llega cuando menos se espera, es tan sólo un susurrar que se vislumbra en un instante de gracia y se desvanece.

Unos y otros lograron, así, conmover mi mente y mi corazón. Y precisamente desde esa conmoción encontré las fuerzas y las señales para ir avanzando, día a día, en el encuentro entre el saber construido y el saber que se construye, que es, al fin, el encuentro de la imaginación, la gran maestra de la vida, con la realidad. De su mano comprendí que, por fortuna, el conocimiento no es reproductor, sino creativo, que "producimos" realidad con la misma intensidad con que creemos conocerla.

En el año 1986 publiqué mi primer libro sobre Educación Ambiental. A él le siguieron otros sobre cuestiones éticas, conceptuales y epistemológicas relativas al medio ambiente, al desarrollo sostenible, y al modo en que es posible, educativamente, abordar los desafíos de la ciencia, la técnica y la economía en un mundo globalizado.

En 1990 comencé a dirigir un Curso de Postgrado en Educación Ambiental dirigido a profesionales cuya formación disciplinar requería de una “ampliación transdisciplinaria” para enfocar, de manera integrada, las cuestiones ambientales. Nuestros alumnos y alumnas resultaron ser personas altamente cualificadas: ingenieros, biólogos, pedagogos, gentes que estaban tomando decisiones como funcionarios públicos, directivos de empresas privadas, líderes sindicales... Con ellos aprendí la experiencia de la construcción colectiva del conocimiento, apoyada por un equipo de profesores que, en su mayor parte, eran y son amigos. Supe lo hermoso que era crecer intelectualmente en compañía, y no sólo intelectualmente, sino también en los aspectos puramente humanos. Con las transformaciones que el tiempo requiere, el Postgrado sigue vivo.

Mi segundo libro de poemas vino enseguida. Se tituló Libertad no conozco, y mi editora me llamó la atención sobre el hecho de que nuevamente apareciera en el título la palabra NO. Ahora pienso que, de un modo inconsciente, ese “no” anunciaba mi rechazo a unos modelos sociales que consideraba esencialmente injustos, pero también (porque el título del libro estaba tomado de un poema de Cernuda) el “no” daba cuenta de la imposibilidad de vivir sin amor, de una única libertad posible que era “la de estar preso en alguien, cuyo nombre no puedo escuchar sin escalofrío”...
Por fortuna, hoy conozco, además, otras formas de libertad posibles.

A este libro le acompañaron otros sobre medio ambiente, desarrollo sostenible, educación ambiental... que intentaban contar a la gente historias, las historias de un mundo en crisis y algunas de las múltiples formas de enfocar la vida desde planteamientos que no fueran agresivos con la Naturaleza. También comprendí que era necesario contar la historia de los miles de millones de personas que, en nuestro planeta, carecen de agua potable, de alimentos, de una vida digna...

Investigar y enseñar en el campo ambiental, y hacerlo desde el enfoque educativo, me llevó inevitablemente a forcejear con las teorías científicas que intentan dar cuenta de la complejidad del mundo vivo. Ya había trabajado con las ideas de Prigogine, Morin, Bateson... para mi tesis, y ahora se abría ante mí un territorio tan sugerente como inabarcable: aproximarme a un nuevo paradigma ambiental no reduccionista, en el que tuviesen cabida el orden y el desorden, el azar y la incertidumbre, las teorías del caos...

Y aquí un pequeño paréntesis, que nos trae al presente: en el año 1990 comencé a trabajar en un libro al respecto, un libro sobre las teorías de la complejidad y su posible retraducción a las ciencias humanas y sociales (una retraducción no mecánica, que requiere ajustes, lógicamente). Mis hijos, que ven como pasan los años sin que yo dé por concluido este texto, dicen que, en vez de un “nuevo paradigma”, mis borradores se están convirtiendo ya en “el viejo paradigma”, de tanto esperar... Pero yo creo que he necesitado todo este tiempo para ir decantando mis ideas, para alimentarlas con estudio y rigor, para debatirlas con los colegas...

En este texto trato de interpretar el proceso de formación del modelo moderno del mundo, especialmente en el campo científico, para ir desvelando las influencias que ha tenido en los comportamientos humanos y sociales sobre la Naturaleza (también sobre otros grupos como las mujeres, los niños, el tercer y cuarto mundos...), e intento poner en alto algunas posibles propuestas de cambio, alumbradas al calor de la complejidad de todo lo vivo, también del valor de lo diferente, de las orillas del sistema.

Y volvemos a los noventa. Es importante, muy importante para mi, recordar que, mientras esa década transcurría, mi actividad como escritora/pintora y mi trayectoria universitaria se vieron acompañadas por mi experiencia vital como mujer. Volví a enamorarme, vi crecer a mis hijos y supe que quería para ellos otro mundo, más equilibrado ecológicamente y más equitativo socialmente. Así que había que seguir peleando por el cambio, ahora con nuevas razones para hacerlo.

La integración entre ciencia y arte seguía, entre tanto, abriéndose paso en mi actividad profesional. El Proyecto Ecoarte había nacido y ahora crecía, aún sin bautizar, asemejándose a esas largas caminatas que hemos de recorrer pacientes, iniciadas con un primer paso que, por fortuna o necesidad, no tiene pretensiones de ir a ningún lugar seguro.

En el año 1996 la UNESCO me concedió la Cátedra de Educación Ambiental que, desde entonces, dirijo en mi Universidad. La dimensión internacional de la Cátedra incentivó mis viajes a América Latina, un continente que siempre me ha sorprendido (y me sigue sorprendiendo) por la calidad humana de sus gentes. En mis estancias americanas, he aprendido que, aún para los trabajos más intelectuales y abstractos, sigue siendo posible mirarse a los ojos.

El conocimiento directo de las mujeres campesinas latinoamericanas, junto con mi trayectoria vital de estos años y el trabajo sobre medio ambiente, me llevó a comprender algo que sería muy importante para mí: que la Naturaleza era “invisible” para la economía y que Mujer y Naturaleza tenían un mismo tratamiento. En ese tiempo comprendí la “invisibilidad” de nosotras, las mujeres, y supe que algún día tendría que hablar de ella, que esa sería también una tarea integradora.

En el año 2000 publiqué un nuevo libro de poemas, esta vez ya en el marco del Proyecto ECOARTE (que había tomado nombre y para entonces había sido “presentado en sociedad”). Ese libro se titula Microcosmos, y habla sobre el valor de la vida, las leyes que la rigen, la apertura al azar, la relación entre el orden y el desorden que hace de lo vivo algo cambiante, inaprensible...

En el título ya no aparecía el NO. Estaba en otra etapa de mi vida. Había superado el tiempo de las negaciones y había entrado, felizmente, en el de las propuestas. Ahora era la imaginación la que presidía mis búsquedas. No quería sólo mirar con ojos críticos lo existente, sino imaginar mundos posibles en los que pudiese darse la mano todo aquello que socialmente se mostraba como opuesto: la razón y los sentimientos; la naturaleza y la cultura; lo determinado y lo aleatorio, también lo masculino y lo femenino...

Ese año fue importante para mi. Disfruté de un período sabático y pude, al fin, emprender el proyecto de hablar sobre la invisibilidad de las mujeres. Tomé mi pequeño ordenador portátil, me marché a una isla del Atlántico, y allí descubrí algo esencial: No era yo quien tenía que hablar de las mujeres.
Se trataba de dejar que ellas tomasen la palabra.

Todas las notas que llevaba, los escritos previos, se fueron así reconstruyendo para dejar que ellas elevasen su voz, que hablasen en primera persona... Y fue de ese modo, dejándolas hablar, como me fui enamorando de cada una de las protagonistas, de su lucha por la vida diaria, de su manera de estar en el mundo, de su coraje para amar... de su alegría... Así nació mi libro de relatos Ellas, las invisibles.

Entre tanto, mis hijos fueron creciendo y yo con ellos. Juntos fuimos desarrollando la experiencia del amor en el respeto, de la alegría en común, de la incondicionalidad, que tan necesaria nos es para sentirnos seguros. Compartimos momentos fáciles y difíciles, construimos proyectos juntos y, según pasaban los años, aprendimos a darnos consejos (no sólo yo a ellos, sino también ellos a mi, lo cual agradezco tanto...) Hoy Irene y Guillermo son ya dos buenos profesionales y, sobre todo, dos buenas personas, por lo cual me siento enormemente contenta.

Y yo sigo construyendo conocimiento con otros, en mi trabajo universitario, a la vez que escribiendo y pintando, es decir, continúo desvelando y contando historias (aparte también saco tiempo para mis personas queridas, para bailar, para ir a la montaña con mi grupo de senderismo...). Porque eso ha sido, seguramente, lo que he hecho a lo largo de mi actividad investigadora y docente, plasmada en los libros que he escrito en este tiempo, y también en las exposiciones de pintura: desvelar, construir y contar historias con distintos lenguajes. Unas veces han sido historias poéticas, que hablaban de la soledad, el amor, la alegría... En otras ocasiones, historias científicas, que daban cuenta, o querían darla, de la complejidad del mundo vivo, de las múltiples maneras de aproximarse a esa complejidad y desvelarla parcialmente, sólo parcialmente, haciendo que ese desvelamiento nos condujese al respeto, a la conciencia de ser parte de la Naturaleza y no sus dominadores.

Parece, pues, que mi destino sea el de “contadora de historias”. Pero claro, para tener algo que contar es preciso escuchar mucho, tener el oído atento y los ojos dispuestos a ver en los rincones de la vida, a descubrir lo invisible, a valorar lo pequeño, lo inseguro... En todo caso, el de “contadora de historias” no es mal destino, siempre que se acepte que los relatos –científicos o artísticos- no tienen por finalidad producir respuestas sino, a lo mucho, provocar nuevas preguntas. Al fin y al cabo, son las preguntas las que me mueven a mirar con asombro la vida, a imaginar... y también a asumir su misterio, el exilio que precede a cualquier presunción de evidencia.

Si tuviera que resumir el sentido de toda esta vida, diría que, aunque en ella ha habido etapas de sufrimiento, en su conjunto la he vivido y la vivo como una ocasión para dar las gracias: por la oportunidad diaria de estar viva; por mis hijos, mis amigos y amigas, por mis amores... Como todo el mundo, he sido tocada por la tristeza, por la tempestad interior, por el miedo... pero, por encima de ellos, o más allá, he buscado siempre la actitud de celebrar cuanto la vida nos regala: el poema que alguien escribió un día, sin saberlo, para mi; el cuadro que ayer pinté y hoy cuelga en la pared de otra casa que lo cuida; celebrar lo construido y lo que queda por construir; el baile que mueve el cuerpo y la meditación que aquieta el espíritu...; celebrar cada salida y entrada de año como un momento de apertura hacia nuevos proyectos, una invitación a la creatividad, un reto para el pensamiento solidario... No existe mejor modo, a mi entender, de contribuir a que la vida sea un espacio de esperanza.

Y seguir practicando el placer de descubrir, de buscar desde “la ardiente paciencia”, que decía Neruda. Sabiendo, eso sí, que a cada hallazgo le sigue una nueva pregunta, y que es en ese saber parcial y provisorio donde asentamos nuestras frágiles –y no por ello menos comprometedoras- verdades. Después de tanto tiempo, todavía ahora, al redactar estas notas, vuelvo a recordar aquel libro con el que me estrené como escritora en 1975 y hago mío, nuevamente, el poema final de Microcosmos, que concluye, en diálogo con el lector o lectora, retornando a la antigua intuición primera:

"cuanto quise contarte: lo que no sé del mundo"...