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¿Por qué hablar de una mirada integradora...?
Integrar es lo mismo que unir, pero no unir las personas o
las cosas una tras otra, sino tejer con ellas una red tan
compleja como el tema lo requiera. Unir de esta manera es
poner en un mismo territorio la razón y la emoción,
lo formal y lo intuitivo, la mente y el cuerpo...
Integrar, en esta perspectiva, significa tomar en cuenta
a los elementos aparentemente antagónicos, poner en
comunicación a los que, por largo tiempo, hemos llamado
“contrarios”: el adentro y el afuera, lo cierto
y lo incierto, lo global y lo local, lo masculino y lo femenino...
Hay una integración que me interesa especialmente,
porque ella hace revivir a “los invisibles”, elementos,
personas, fenómenos, que están opacados en nuestra
sociedad, que permanecen ocultos a la mirada primera. Se trata,
por eso, de alcanzar la integración de su invisibilidad
con la puesta en escena de su protagonismo, con el relato
de su existencia, con la adjudicación de valor que
reciben por mérito propio.
Invisible es lo que está pero no es visto, lo que,
permaneciendo, no es reconocido. Paul Klee, en una bellísima
definición, nos dijo que el Arte consiste en “hacer
visible lo invisible”.
La mirada integradora pretende, así, dar cuenta de
los invisibles, proporcionarles visibilidad, integrarlos en
nuestro universo de percepciones, en la esfera de los asuntos
que preocupan a la sociedad, en la ética de un mundo
que necesita rescatar el valor de lo pequeño, de lo
descentralizado, de los bienes que se producen sin pasar por
el mercado... todos ellos tan poco manifiestos, tan relegados
desde esa otra mirada, la “mirada mercantil”,
la que juzga y adjudica valor en términos de coste-beneficio
económico y deja fuera de su alcance lo verdaderamente
importante para la vida.
En algunos de mis libros y artículos, he hablado de
la “invisibilidad de la Naturaleza” porque no
tiene otro nombre, a mi juicio, la forma en que los bienes
naturales son tratados por la economía en nuestras
sociedades. Invisibilidad que, ligada a su gratuidad, está
en el origen de fenómenos como la extinción
de especies; la contaminación de océanos, mares
y ríos; el deterioro de la capa de ozono; la erosión
y deforestación, y tantos otros.
Trabajar durante largos años en defensa de la “visibilidad”
de la Naturaleza me hizo reconocer que, ese mismo fenómeno
de ocultación y desvalorización, se estaba produciendo
con respecto a los trabajos que realiza la mujer en la esfera
doméstica, trabajos de producción y reproducción
de vida, actividades de cuidado, que, al igual que los que
cumple la ecosfera, son esenciales para el desarrollo de nuestras
sociedades y, sin embargo, carecen del reconocimiento social
y económico que debieran tener.
De esta constatación nació mi último
libro “ELLAS, LAS INVISIBLES”,
un texto que recoge veinticuatro relatos de mujeres del Norte
y del Sur del planeta, mujeres luchadoras (pero luchadoras
pacíficas) que aspiran a hacerse un lugar en el mundo,
a cambiar su entorno, sin perder los valores y las actitudes
que las caracterizan, sin destruir al otro.
No es casualidad que, en esta ocasión, haya recurrido
al lenguaje artístico para contar las historias que
dan sentido a esta búsqueda de visibilidad. Si el Arte
ayuda a “hacer visible”, yo quería que,
con este lenguaje del relato, saliesen a la luz las vidas
íntimas y profundas de un amplio elenco de mujeres
que están apostando por ser ellas mismas, por ser reconocidas
en su propia identidad, por ser vistas, al fin.
El libro ha tenido muy buena acogida. Se han hecho varias
presentaciones y, cuando redacto estas notas, la editorial
prepara una segunda edición, lo cual es signo de “buena
salud”. Me consta que está siendo utilizado por
algunos colectivos de mujeres como texto de lectura previo
a debates, y lo que más me reconforta es que he recibido
algunas cartas de lectoras que afirman haberse reconocido
entre sus páginas. Esa era, sin duda, la primera “visibilidad”
que yo buscaba, la de la propia mirada hacia sí misma,
que es principio de cualquier reconocimiento ajeno posterior.
Ahora estoy trabajando, junto con mi colega italiano Francesco
Tonucci, en un libro sobre otra clase de “invisibles”:
los niños (y las niñas, claro está),
esos seres que llegan al mundo con una enorme oferta, pero
también con la demanda de ser vistos y ser aceptados
como personas que necesitan ser felices ya, en su presente,
y no sólo como “proyectos de adulto”. Esperamos
hacer bien visible el valor de la infancia, un valor que,
como no cotiza en bolsa, no es tenido muy en cuenta en esta
sociedad de la globalización llena de niños-soldado,
de niños maltratados, de niños que viven en
condiciones extremas de pobreza, niños que trabajan
catorce horas diarias, o, simplemente, de niños que,
en apariencia, lo tienen todo, pero cuyo mundo interior es
ignorado. Si todo va bien, confiamos en poder ofrecer este
texto a lo largo del 2004.
Ellas, las invisibles.
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