Escritos ¬ Poemas ¬ En el amor extenso de la casa infinita

Existe un tiempo para el amor extenso
                (tal vez el único posible).
Un tiempo y un espacio que cobijan
                la presencia cercana de lo ausente
y sitúan al borde de esa luz que me alcanza
a quienes,
                como tú,
                penetran el deseo
                de construir un cántico conmigo,
compañeros innombrables del alba,
aliento en la alegría de estar vivos
                desde el misterio mismo
                que precede, por siempre, a la palabra.

Porque tú existes,
                hombre, mujer o niño, de rostro que no sé,
yo puedo hablar en alto, despeinar el silencio,
entremezclar mis noches sin respuesta
                con todas las preguntas que recorren tu cuerpo
desde el punto crucial en que somos lo mismo
                tú y yo, el agua,
                la fuerza de los vientos,
                con el árbol, la luz,
                el azar que atraviesa la noche,
la conciencia expandida que une mente y materia,
el papel creativo del tiempo.

Puedo contar historias, decir sobre el asombro,
                porque tú me compartes,
                revives cuanto digo,
reconstruyes sin prisas este verbo inconcluso,
me vuelves creadora-creada en el encuentro
                con el alma del mundo
                que llevas en tu alma,
minúsculo fragmento, ladrillo de la vida
donde están cimentados tu ser y mis latidos,
                habitantes de todos mis deseos
                a quienes vistió el tov, verdad del corazón.

No estoy, no estamos, donde arraigan certezas
ni espacios acotados, tangibles, duraderos.
Tan sólo pertenezco contigo, por minutos,
                el silencio y la espera,
                a los sueños, la sonrisa o la duda
con que viajo a tu lado.
Tal vez soy sólo un eco
                por el que suenan voces de tus mismas preguntas,
en este espacio nuestro de la casa infinita
                que une el lejos-cerca
donde tú te rehaces y yo me reconozco,
                entresijos del cosmos
                capaces de conciencia.

Nada desvelan, al fin, estas palabras
salvo el amor extenso que desgranan.
Un amor inasible, más cierto
                que todos los objetos y emblemas de la historia,
dicho entre acordes de música desnuda,
                allí donde celebro cómo mi voz se habita
                cuando tú la recreas, la conviertes en vida.
No en la razón,
tampoco en teorías.
                Alumbrada al calor de este abrazo cómplice
                con lo que eres o ignoras,
                al ritmo que rehaces
                cuanto quise contarte:
                lo que no sé del mundo,
con versos que no nombran,
simplemente nos dicen.






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