La historia se construye en laberintos.
No es una,
son muchas trayectorias de ida y vuelta
las que biselan, lentas,
lo que somos y amamos tras los días,
cuando pedimos respuestas al dolor,
recubriendo los poros con una piel distinta,
para romper así las fronteras del miedo.
Aquí, en el microcosmos,
nuestro latir diario circula lentamente
por las venas del cosmos planetario que nos une
en un mismo proyecto: convivir con lo vivo,
decirnos, sin fronteras,
dónde está nuestro abrazo
y si es posible arar espacios de esperanza
en los que crezcan libres el trigo y el sosiego.
Hay algo que atraviesa y acerca las historias,
ventanas donde asoman territorios de sueños
encadenando juntos el antes y el después,
en un vaivén abierto de límite impreciso:
es su carácter de sorbos de vida irreversibles
que avanzan por tanteo,
estructuras difusas donde se aloja el cambio
y nos ensarta, muda, la gran flecha del tiempo.
Lo improbable nos reta vistiéndose de historias,
metáforas del alma de personas y pueblos
que hacen del microcosmos un reflejo del mundo
donde las teorías revisan sus certezas,
espacio y espejo para saber, al fin,
cómo hemos desgranado el don de la alegría
y si habitar supone vivir en compasión
este planeta cálido
donde el amor despierta amenazado.
En ellas nos cruzamos tú y yo,
los hombres y mujeres que aún se asombran.
No son cuentos de un mágico minuto,
son telas sin costuras tejidas por los años,
inocencia perdida por lo que conocimos,
que en cada instante invitan
a desvelar la trama donde fluctúa el mundo,
la que no pudo o supo contarnos la razón:
el tiempo no lineal, la vida entera
que se resiste a ser objetivada.
Las historias son pequeños relatos inconclusos
donde a un tiempo residen preguntas y respuestas.
Ellas sirven de amarras, memoria de futuro,
en el resbaladizo techo donde nos resguardamos
cuando nuestras certezas se visten de borroso
sin que sepamos dónde,
ni por qué, ni a qué hora,
nos despeinó la duda, perdimos la evidencia.
De este modo encontramos señales que nos guían,
escenarios de luces entre sombra y vacío,
allí donde lo incierto es siempre más frecuente
y las reglas son nubes de contorno invisible.
No es posible crecer sin historias,
traducciones plurales, imágenes difusas,
cascadas de recuerdos que riegan el olvido,
memorias donde el tiempo camina inexorable,
bucles que traen y llevan avances, retrocesos,
ritmos cíclicos que huyen del progreso lineal,
ocasiones de amar, huellas de la sonrisa,
en las que interpretar supone construir,
tantear nuevos rumbos, repensar lo que somos,
para arar otro tiempo que espera nuestro gesto.
Tú y yo juntos, en este espacio minúsculo y profundo,
ambos somos historias y en ellas nos hacemos
sucesos de este mundo que espera ser contado
sin los grandes relatos-promesas del engaño.
Cada verdad, tan única y diversa como lo es el vivir,
se expresan donde lo uno y lo múltiple se abrazan,
razón y corazón, teorías y sueños,
para anunciar, al fin,
que estar vivo supone reinventarse
aquí, en el microcosmos,
donde la luz despliega cada día lo eterno. |