El orden escondido que se expresa en las formas
y ofrece su color a las hojas de otoño
es también ese orden que recubre tu cuerpo,
navega en las orillas de la piel que te anuncia,
en
mis manos, tu risa y la hiedra que crece,
esparciendo despacio la unión de cuanto alcanza.
Su armonía se extiende más allá
del sonido,
implicada en el todo, oculta como un sueño
que se despliega a trozos
aquí, en el microcosmos,
dando aliento a minúsculos campos de vida.
No
quieras escapar a su impulso y su fuerza.
Mejor
que le saludes. Al fin al cabo existe.
Cuando el orden se ve en el espejo es desorden,
ambos entretejidos, confundiendo su imagen,
desgranándose juntos, para hacer que lo vivo
escape al riesgo de ser como el cristal
y se aproxime al humo o la nube dichosa,
arropadas
sus formas con perfiles difusos
que
dibujan y borran cuanto parece cierto.
Ahí, cerca del humo, se acortan las distancias
entre aquello que fuimos y cuanto nos espera.
Desde el blanco hasta el negro aparecen los grises
en una inmensa gama de modos de asombrarse,
de
avanzar tan despacio como reclama el miedo
y
tan deprisa, al tiempo, como empuja el deseo.
No es posible saber dónde el orden se asienta
ni encontrar direcciones de un único sentido.
Porque aquí, en cada parte, la vida se difunde
construyendo, a la vez, con la misma semilla,
las uñas de tu cuerpo y el suelo que te acoge.
Tal
vez sólo nos queda el no saber y estar:
ese
abrir las compuertas al don de la inocencia.
Difícil equilibrio éste de fluctuar,
ser nuevos cada día, vivir en las fronteras,
prendidas en la suerte de todo lo existente.
Oscilando, la luz se hace parte en nosotros,
se disfraza de tacto, de hierba, de silencio
y también de conciencia, de amor, de rebeldía,
de cuanto, al fin, expresa el misterio del cosmos.
Así se manifiesta el orden más oculto,
el que nada fragmenta, la pauta que conecta
nuestra piel con el agua, la roca con el fuego,
juego de simetrías, conciencia de unidad
que hace visible el alba, inestable regalo
en
el que se entrelazan el yo con el nosotros,
allí
donde se anudan los latidos del mundo.
Entre tanto y a tientas seguimos oscilando.
Encarnamos el alma de ese orden profundo
que contiene en sí mismo la fuerza del desorden.
Podemos abrazarlo, escuchar su llamada
y dejar que acompañe e ilumine los sueños.
Lo que nunca resulta es querer ignorarlo,
pues
su acción es el arte que despliega la vida
en
el gran macrocosmos, donde al fin somos luz.
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