| Ecoarte: el arte de la confluencia
(Texto publicado en el catálogo de la exposición
UNESCO-París 2001, con motivo de la presentación
internacional del Proyecto)
María Novo
Con la mirada abierta hacia un nuevo milenio, el ejercicio
de otear el horizonte no parece posible sin un recordatorio
del pasado, este próximo-pasado que todavía
convive con nosotros en el marco histórico de la que
hemos llamado modernidad.
Abandonamos un siglo de luchas y conflictos, de presiones
sobre el medio ambiente que nunca hasta entonces habían
sido tan intensas. Una etapa en la que la humanidad, con sofisticados
medios tecnológicos al alcance de la mano, con frecuencia
los ha utilizado a impulsos del mero interés económico,
desafiando a los límites y condiciones de la naturaleza.
Hemos vivido una fuerte contradicción entre la economía,
que se mueve en ciclos cortos, de búsqueda de beneficio
inmediato, y la naturaleza, que necesita ciclos largos para
la renovación de los recursos. Economía y ecología
exhiben dos lógicas distintas, dos tiempos, dos ritmos
difícilmente conciliables. El predominio de los valores
económicos sobre los ecológicos se ha constituido
así en una de las causas de la crisis ambiental que
padece el planeta.
El siglo XX ha sido tiempo de construcción (de nacionalidades,
de modelos culturales, de sistemas de tecnología avanzada...),
pero también ha resultado ser, sin duda, un tiempo
de destrucción: de organismos vivos, de especies, de
ecosistemas de gran valor ecológico, y también
de diversidad y patrimonio cultural.
El escenario de esta aventura es actualmente la llamada sociedad
de la globalización, cuya característica esencial
es la mundialización creciente de la economía
y la acumulación de poder financiero y decisorio en
unos cuantos centros estratégicos, lo que contribuye
no poco a los graves desequilibrios existentes entre el Norte
y el Sur, así como a una preocupante problemática
de carácter ecológico.
Parece pertinente indagar sobre las causas de esta crisis,
la de una sociedad en la que la lógica de conocer como
dominio se ha prolongado en la lógica de dominar como
destrucción . Al fin y al cabo, éste es el mundo
que heredamos y la pregunta de los orígenes puede ilustrarnos
sobre algunos desaciertos que nos han conducido hasta aquí.
Condición ésta necesaria para reorientar nuestros
modos de pensamiento y acción, a fin de superar este
estado de conflicto global en el siglo XXI que ahora comienza.
De entre las múltiples causas que podemos vislumbrar
(ignorancia de los límites de la naturaleza; confusión
entre crecimiento y desarrollo; preponderancia de los valores
económicos sobre los criterios éticos...) existe
una que, por su alcance general, me gustaría destacar.
Se trata del olvido o la ignorancia de una idea crucial para
entender cómo funciona el mundo, la idea de interdependencia,
la comprensión de que todo está íntimamente
relacionado, tanto en el mundo real como en el de las apariencias,
que incluso visualmente todo es interdependiente, y mirar
es someter el sentido de la vista a esta interdependencia
. Ello exige revisar el modo en que la humanidad, tanto en
el campo físico como en el social, ha hecho gravitar
su pensamiento y su acción sobre la supuesta existencia
de fronteras.
A nivel teórico, tanto la Física como las demás
ciencias naturales, sociales y humanas, vivieron en su seno,
durante el siglo XX, fuertes revoluciones que iban en contra
de este fenómeno de compartimentación del mundo.
Sin embargo, tales revoluciones han ido quedando reducidas,
las más de las veces, a los límites del mundo
académico o erudito, mientras que la Tecnociencia imperante
ha mantenido los supuestos de los siglos anteriores, de una
ciencia mecanicista que sigue contemplando el mundo de lo
vivo como una máquina trivial a la que es posible descomponer
en partes como lo haría un relojero, bajo la pretensión
de que, en tales partes, supuestamenete independientes, todo
puede ser previsto, controlado y, eventualmente, corregido.
Me he centrado en este aspecto -el establecimiento de fronteras-
tomándolo como un resto del viejo paradigma reduccionista
de la modernidad que en estos momentos parece necesario revisar.
Me gustaría reflexionar sobre el modo y manera en que
sigue presente en nuestras vidas, impulsando la economía,
la educación, la cultura, para después hacer
en alto una pregunta: ¿Es posible que, junto a otros
antiguos supuestos que se han revelado inoperantes, podamos
ir dejándolo atrás para salir de la crisis?
Se nos ha inculcado un pensamiento basado en fronteras; se
han trazado demarcaciones precisas en los mapas y en la vida,
no sólo lindes visibles entre naciones, sino muchas
otras que, físicas o simbólicas, han sido esenciales
para la configuración de un modo de entender el mundo:
-Fronteras entre la naturaleza y los seres humanos. El pensamiento
científico de los últimos siglos, heredero de
un ideal cartesiano que hizo fuerte separación entre
la “res cogitans” y la “res extensa”,
impregna durante el siglo XX no sólo a la ciencia y
la técnica, sino a otros muchos ámbitos culturales,
consolidando una cosmovisión que condiciona poderosamente
las relaciones entre el ser humano y su medio ambiente. En
efecto, al ser considerados persona y naturaleza como entes
aislados, incluso confrontados, los actos de la primera en
relación a la segunda se vacían de cualquier
contenido moral, que podría haber funcionado como un
correctivo para las ansias dominadoras de nuestra especie.
Otro tanto ocurre con las relaciones entre los sectores industrializados
del planeta y las culturas y comunidades que, por ser invisibles
a la economía, quedan separadas y marginadas del mundo
del bienestar.
-Frontera, también, entre el pensamiento occidental,
de corte lineal, y otras formas de pensamiento, como las orientales,
más cercanas a los modelos circulares que hoy propone
la física para interpretar el mundo. Nuestro ideal
de vida, basado en una idea ilustrada de progreso, acaba convirtiéndose
en una defensa escasamente fundamentada del crecimiento económico
como sinónimo de calidad de vida. Un siglo de “más
es mejor” deja a sus espaldas, desactivadas, no sólo
la reflexión de muchos de nuestros filósofos
y científicos acerca del valor de lo pequeño
y de la diferencia entre valor y precio, sino también
las posibles aportaciones que, en un clima de diálogo
y no de ruptura epistemológica, habríamos podido
recibir de otras culturas.
-Fronteras, vergonzosas fronteras, entre países o
sectores industrializados y el resto del planeta. A mediados
de siglo constatábamos que un 25% de la humanidad consumía
el 75% de los recursos globales. Cuando el año 2000
concluye, un 18% de personas utiliza para sí el 80%
de tales recursos. Y el panorama no parece muy alentador si
el viejo paradigma de crecimiento económico acumulativo
no cambia.
-Fronteras, demarcaciones precisas, entre los centros de
decisión de la economía mundial (compañías
transnacionales, bolsas de valores...) y las periferias, que
se limitan a recibir instrucciones y a padecer las consecuencias
de lo que otros deciden por ellos, en una situación
que Nelson Mandela expresó al afirmar que, en el actual
estado de cosas, “unos son los globalizadores y otros
los globalizados”.
Enumeradas estas fronteras, al tiempo que se dejan otras
muchas en un segundo plano, existe una, a mi modo de ver esencial,
que está detrás de cuanto ha sucedido, influyendo,
dándole consistencia. Una frontera que algunas personas
querríamos romper, traspasar, o, en todo caso, reconvertir.
Se trata, por supuesto, de la línea divisoria que tan
frecuentemente ha separado el mundo de la ciencia del arte,
que los ha hecho caminar ajenos el uno al otro, en ocasiones
ignorándose recíprocamente, cuando ambos son
formas de conocimiento e interpretación del mundo que
los seres humanos necesitamos para construir en equilibrio
nuestra vida en el planeta
Si algo vamos sabiendo acerca de las fronteras, de todas,
es que siempre son forzadas, artificiales, que desafían
a la unidad de lo real, que su fijeza, como toda fijeza, es
siempre momentánea , tiene algo de ilusorio. Y también
sabemos -la historia lo demuestra- que esta idea sin embargo
ha conducido a la humanidad a la pérdida del sentido
de totalidad (totalidad de los seres vivos en su ámbito
de relaciones, totalidad mente/cuerpo en el ser humano, y
totalidad de lo existente en tanto que mente y naturaleza
entrelazadas) .
Este fenómeno ha corrido parejo –no podía
ser de otro modo- con un cierto olvido del valor del sujeto,
de la persona, tanto cuando es el observador en la ciencia
(un observador largo tiempo menospreciado...), como cuando
es observado por ella y se pretende reducir al ser humano,
en su especificidad irrepetible, a leyes científicas
generales.
En la práctica, la persona creadora, el sujeto del
conocimiento, es el intérprete de la complejidad del
mundo, alguien que “crea” realidad cuando pretende
conocerla, como se expresa en uno de los poemas de este libro.
Y la crea mezclando lo que observa con sus expectativas e
ilusiones, a veces incluso con los deseos de encontrar los
resultados que está buscando. Para ello, utiliza la
totalidad de su ser, razón y emoción, mente
y cuerpo, teorías y sueños. Es decir, interpreta
sin fronteras...Como sin fronteras debería ser la construcción
de saberes en el nuevo siglo que ahora se inaugura, un tiempo
postmoderno de superación de muchos de los vicios y
excesos de la modernidad.
Porque, en efecto, si algo ha caracterizado a la modernidad
ha sido ese intento por delimitar, por diseccionar científicamente,
por establecer separaciones físicas y simbólicas
en el espacio, en las formas de acceder al conocimiento, en
el modo de usar los saberes. Hemos vivido un tiempo de rupturas
y de especialización: las universidades han parcelado
el saber en departamentos, áreas, disciplinas; el mundo
de la ciencia ha avanzado a base de aislar pequeños
trozos de la realidad para la investigación, pero rara
vez se ha ocupado posteriormente de la recomposición
del todo. La humanidad ha ido organizando espacios de vida,
ámbitos de aprendizaje, lugares para el ocio, separados
unos de otros, en una operación reduccionista que,
parcelando la vida, nos iba dejando cada vez más solos.
Los resultados, como hemos visto, no son muy halagüeños.
El medio ambiente es un buen indicador de los efectos negativos
que ha producido este modo de concebir el mundo y de actuar
sobre él. Devastación de la Naturaleza; enormes
diferencias económicas y sociales entre el Norte industrializado
y el resto del planeta; ruptura de los más elementales
mecanismos de solidaridad intrageneracional e intergeneracional;
guerras, hambre y miseria para una gran parte de la humanidad,
son el legado con que concluimos el milenio.
Pero el momento de la crisis es también una ocasión
para el cambio. Desde ella, desde la constatación del
fracaso de una modernidad que no ha cumplido las promesas
de sus grandes relatos emancipatorios , es posible alumbrar
-ya se está haciendo- nuevas formas de estar y actuar
en el mundo, otras maneras de mirar y de mirarnos, distintos
criterios para el avance del conocimiento.
Hoy se vislumbran cambios desde estructuras jerarquizadas
a una sociedad en redes; escenarios donde el valor de lo pequeño,
de lo descentralizado, vuelve a adquirir protagonismo y se
multiplica sin fronteras... Estamos viviendo el apasionante
amanecer de una postmodernidad posible en la que, en lugar
de pensar en objetos aislados, se comienza a pensar en términos
de relaciones, de nexos que unen aquello que aparentemente
estaba separado o parecía antagónico: lo uno
y lo múltiple; el interior y el exterior... también
la ciencia y el arte.
En este contexto tal vez pueda prosperar un nuevo concepto
de frontera, en el que ésta ya no sea lo que separa,
lo que rompe dos realidades y establece un mundo de elementos
antagónicos. Podríamos comenzar a entender la
frontera como ese tejido, poroso y transparente, a través
del cual, en un proceso de ósmosis, los que hemos llamado
“contrarios” se mezclan y encuentran su lugar
para el diálogo: el orden y el desorden, el vacío
y la forma, lo que se piensa y lo que se siente... También
la creación artística y el quehacer científico.
Esta nueva idea de frontera podría constituirse en
una aportación al nuevo paradigma que se abre paso
en la superación de la modernidad. Así entendida,
sería lo que une dos realidades, la zona intersticial
en la que se dan encuentros vitales de especial significado:
los de nuestro ser con el entorno, los de grupos sociales
de distinta matriz cultural, también los de ecosistemas
que negocian la vida en espacios compartidos, por ejemplo,
los ecotonos, zonas de transición, interfases entre
el bosque y la pradera, entre la tierra y el mar...
En Ecología, lo ecotonos merecen especial consideración,
como todo lo que tiene gran valor. Son ecosistemas del máximo
interés, pero también muy frágiles y
vulnerables. Los intercambios que en ellos se producen resultan
esenciales para la vida, precisamente porque son espacios
que unen, que ligan. He aquí el nuevo concepto de frontera
hecho realidad, ahora en positivo, desde la perspectiva de
la integración. He aquí también un ejemplo
para comenzar a entender la posible fusión de dos formas
de conocimiento –la ciencia y el arte-, dos lugares
de paso invitados a fundirse, dos ocasiones para el encuentro,
dos formas de asombrarse y preguntar, dos lenguajes que necesitan
el uno del otro, que necesitamos, para la comprensión
del macrocosmos y también para entender el yo en el
microcosmos que lo reproduce y nos aloja.
El siglo XXI ofrece la oportunidad de poner en práctica
este nuevo concepto de frontera e ir abandonando el que condujo
a la crisis. Comenzamos a captar la ciencia y el arte no como
realidades distintas, sino como expresiones de una misma realidad:
el gran holograma del mundo. Y ambas se nos muestran como
vías de acceso al conocimiento de ese único
espacio habitable que es nuestro planeta: un lugar para la
felicidad desde la responsabilidad.
El encuentro ciencia-arte, se constituye, en consecuencia,
no sólo como expresión del un nuevo paradigma
ambiental para salir de la crisis, sino también como
una verdadera ocasión para mostrar la complementariedad
de tantos y tantos elementos que el viejo paradigma nos presentó
como excluyentes: el ser humano y la naturaleza, lo visible
y lo invisible, lo masculino y lo femenino, la imaginación
y la razón, la acción de modificar el medio
ambiente y el ejercicio responsable de la conciencia.
En un fin de milenio que es, a la vez, fin de una modernidad
marcada por tantas disyunciones, algunas personas estamos
intentando mostrar la complementariedad de estos dos lenguajes
para dar cuenta del medio ambiente y de las leyes de la vida.
Personalmente, he llamado al trabajo que, desde 1986, realizo
en este campo, ECOARTE, por todo lo que tiene de propuesta
alternativa respecto al viejo modelo que generó la
crisis ambiental, al pretender integrar una interpretación
del mundo basada en las ciencias que explican la vida en la
Tierra con la indagación, la imaginación y la
expresión artísticas. Y no se entienda que queda
definido por su utilitarismo –nada más lejos
de mi intención- sino precisamente por cuanto representa
de utopía posible, de visión prospectiva de
un más allá que sea lugar de encuentros.
El ecoarte nace así como un arte mestizo, surgido
de la confluencia de dos saberes, el científico y el
artístico, para la interpretación del medio
ambiente. Un arte de reconciliación, de búsqueda
compartida, en disposición de reanudar los diálogos
perdidos, también de iniciar los abrazos que nunca
tuvieron lugar. Así entendido, este arte resulta bien
cercano a las expectativas de la postmodernidad, que busca
de nuevo la reconciliación entre mundos y formas de
conocimiento que transitaron demasiado tiempo desunidos, artificialmente
separados.
Porque ambos, ciencia y arte, son esencialmente dos formas
de conocimiento, dos lenguajes, que intentan responder a las
mismas preguntas, a la necesidad de reducir el miedo que produce
en nosotros el vacío, a la ignorancia. La primera,
la ciencia, se basa en la presunción de que la Naturaleza
puede ser comprendida y descrita “tal cual es”.
Este modelo del conocimiento como “representación”
del mundo ya tuvo, en el discurrir de la modernidad, numerosos
detractores (baste pensar en Nietzsche o Heideeger) y ha sido
desarticulado en el seno de la propia ciencia, fundamentalmente
a partir de los avances de la física del siglo XX y
del desarrollo de las teorías constructivistas del
conocimiento .
La influencia del observador sobre lo observado, la imposibilidad
de “medir” sin influir en la medida, la limitación
de los instrumentos con los que observamos, han cuestionado
la pretensión de total validez objetiva y universal
del conocimiento científico. Hoy preferimos recordar,
con Maturana , que todo lo que se ha dicho lo ha dicho un
observador, frase que remite a la que tiempo atrás
había pronunciado Nietzsche al afirmar que no existen
hechos, sólo interpretaciones.
No obstante, los avances de la ciencia han resuelto multitud
de problemas a la humanidad, y sería un error desdeñar
el valor de un conocimiento, el científico, que responde
a un enorme esfuerzo realizado por los seres humanos a lo
largo de la historia. La ciencia es y será una noble
y dificilísima tarea caracterizada por algunos rasgos
esenciales:
- La búsqueda de la mayor objetividad posible.
- El establecimiento de leyes o principios generales.
- La inteligibilidad, es decir, la capacidad de estas leyes
o principios para expresar de forma sintética (“comprimida”)
a los sistemas a fenómenos que representan, de modo
que la “comprensión” está relacionada
directamente con la “compresión”.
- El sometimiento al principio de falsación o dialéctico,
que sostiene que un conocimiento, para ser científico,
tiene que arriesgarse a ser falsado, a ser derribado por las
experiencia o por nuevas teorías o leyes que describan
mejor el objeto.
En ciencia, una cuestión fundamental es el método.
El método científico exige del investigador,
como decíamos, la búsqueda de la mayor objetividad
posible, es decir, el mayor grado de separación entre
el observador y el objeto observado. Por otra parte, un aspecto
esencial del método hace referencia a la inteligibilidad
de los procesos y los resultados, en ese largo camino que
supone acotar parcelas de la realidad, establecer fronteras,
aislarlas, despreciar variables ocultas, etc.
Cuando la ciencia alcanza leyes o principios con pretensión
de universalidad, es preciso tener en cuenta que las leyes
de la naturaleza son fundamentalmente probabilistas, es decir,
expresan lo que es posible y no lo que es “cierto”
, y que, en realidad, sólo nos están indicando
“direcciones prohibidas”, cosas que es imposible
hacer, pero que no puede jamás señalarnos “direcciones
obligatorias”. Como afirma Bateson, la ciencia a veces
mejora las hipótesis y otras veces las refuta, pero
“probarlas” es otra cuestión... La ciencia
indaga, no prueba Esta cuestión, olvidada u ocultada
con frecuencia, enlaza con aquella vieja máxima en
la que Sócrates señalaba que la ciencia consiste
más en destruir errores que en descubrir verdades o
también, en un horizonte más cercano, con la
afirmación de Ortega y Gasset de que ciencia es aquello
sobre lo cual siempre cabe discusión.
En cuanto a la falsación, es preciso tener en cuenta
que la empresa científica es, por naturaleza, autocorrectiva
y que, si un conocimiento científico tropieza con la
experiencia o con otra teoría que se ajusta mejor al
fenómeno en cuestión, aquel primer conocimiento
será sustituido por el nuevo. Eso nos hace comprender
que las verdades científicas son, por definición,
provisionales, superables.
¿Qué sucede con el arte? ¿En qué
modo se produce y manifiesta como una aportación humana
al fenómeno de la vida? Desde luego, es otra forma
de conocimiento tan legítima como la ciencia, pero
distinta, complementaria, diríamos que imprescindible
para contribuir, con la primera, al conocimiento del mundo,
del medio ambiente que nos rodea.
El arte se basa en el supuesto de que los seres humanos podemos
intuir, conocer, imaginar, expresar, aspectos de la realidad,
por medio de mecanismos que son inadecuados en el marco de
la ciencia, y que, al hacerlo, estamos contribuyendo a desvelar
complejidades ininteligibles desde el punto de vista científico,
como afirma Jorge Wagensberg . En efecto, la intuición,
la imaginación, la capacidad para hacer asociaciones
inéditas, son funciones del ser humano que permiten
acceder a espacios y a complejidades imposibles de apresar
o comprimir en el marco de una teoría, una fórmula,
una ley general.
Y no me estoy refiriendo sólo a complejidades como
el dolor, la alegría, el misterio de estar vivos, el
acto de amar... sino también a otras complejidades
con las que la ciencia forcejea desde hace siglos sin conseguir,
hasta el momento, explicarlas en su totalidad:
- lo infinitamente grande (el cosmos)
- lo infinitamente pequeño (el mundo subatómico)
- lo vivo (el fenómeno de la vida en su totalidad)
El arte, como la ciencia, también nace del asombro,
de la pregunta, la duda, el miedo, pero lo hace a partir de
supuestos y posicionamientos distintos, de la utilización
de recursos que no caben en aquella, de la búsqueda
de resultados que escapan a cualquier objetivación
posible. Lo esencial para la ciencia es establecer leyes o
principios generales. Para el arte, la razón primera
es la individualidad y diferencia del artista, el estado original
de la obra, cuanto ésta tiene precisamente de único
e irrepetible.
Por otra parte, más allá de su función
desveladora, el arte ofrece en sí mismo la ocasión
de crear realidad (no sólo conocerla). Es, precisamente,
un espacio privilegiado de creación de conocimiento.
A ello se refería seguramente Hölderlin cuando
decía que el ser humano habita “poéticamente”
la tierra, es decir, como creador. Esta es también
la idea que transita con frecuencia desde la filosofía
a la ciencia: la de que “el arte imita a la naturaleza”,
precisamente porque es la única actividad humana en
la que existe creación en sentido puro, lo que convierte
al artista en co-creador con su medio ambiente.
Decir que la obra de arte es “una obra de la naturaleza”
significa entender que el artista, el creador, no se somete
necesariamente a leyes impuestas desde fuera, sino que se
da a sí mismo sus reglas, tal como lo hace la naturaleza
y, como ella, en muchas ocasiones su creación se produce
en condiciones alejadas del equilibrio, mediante procesos
de autoorganización.
¿Qué ofrece, entonces, el arte, que la ciencia
no pueda darnos?
Paul Klee lo expresó en palabras tan acertadas que
no parece necesario buscar otras: “El arte es hacer
visible lo invisible”, consiste en ser capaces de ver
y expresar lo que aparentemente no se manifiesta pero está,
existe, en el mundo real o imaginario.
Crear, moverse desde el arte, nos posibilita, precisamente,
para producir esa
reorganización de lo imaginario con lo real, a través
de vínculos entre lo que nos dicen los sentimientos,
las emociones, y la actividad mental organizada. Como en ciencia,
en arte el método también es fundamental. Y,
según cabría esperar, se trata de un método
distinto, que orienta procesos diferentes, y produce respuestas
de otro orden que las del saber científico.
- Frente al intento de universalidad de la ciencia, un intento
homogeneizador, tendente a superar las diferencias bajo leyes
o principios de aplicación universal, el arte busca
precisamente la creación y expresión de lo diferente,
lo único, irrepetible.
- Frente a la necesaria separación científica
entre el observador y lo observado, el arte se basa en el
acto de implicación del artista en su obra, bien sea
desde una postura estética de retracción, de
silencio creador, o bien sea para que la imaginación
creadora posibilite un acto de comunicación entre la
persona que crea y la que re-crea la obra al acercarse a ella..
- Frente a la idea de inteligibilidad de la ciencia (y de
“compresión” de las leyes científicas),
que impone el ejercicio de aislar, de acotar, el arte no intenta
reducir la complejidad, se limita a aceptarla. Se conforma
con recrearla, imaginarla, representar los aspectos de lo
real o de lo imaginario que destacan al artista, y deja la
explicación final no como algo construido previamente
sino como algo que se construye en un acto irrepetible, encuentro
entre dos subjetividades plenas, la del artista creador y
la del espectador intérprete, lo que hace que la obra
de arte sea algo vivo, abierto, por esencia inacabado.
- Finalmente, digamos que el arte no necesita someterse a
falsación, porque no tiene pretensiones de universalidad
ni de verdad. La obra de arte es, por definición, evocadora,
incompleta y, frente a una ciencia que denota, el arte se
limita a connotar, siendo precisamente la connotación
la posibilidad de una re-creación posible, lo que hace
que la obra tenga, en ocasiones, más significados,
incluso distintos significados, de los que en su momento le
otorgó el creador.
El arte se constituye así en un ámbito de libertad,
que permite imaginar mundos posibles, incluso darles forma.
Es un espacio para la creación y la comunicación,
un ámbito para el florecimiento de la diversidad, que
hace posible la indagación, la interpretación
relativas a lo existente, incluso la anticipación.
Sobre este sentido anticipatorio del arte existen muchas
y bellísimas historias. Muy brevemente, el ejemplo
de los cuadros de Turner resulta ilustrativo. Este pintor
fue capaz de superar los viejos órdenes de estructura
geométrica, gracias al poder de su nuevo orden de luz,
aire y agua, siempre en movimiento a manera de vórtice.
Resulta curioso comprobar, y así lo señalan
Bohm y Peaque estas pinturas se realizaron unos 300 años
antes de que J.C. Maxwell publicara su teoría electromagnética
de la luz, que colocó, en lugar del orden newtoniano
de trayectorias lineales y formas rígidas, campos en
movimiento constante y rotación interna. En el Regulus
de Turner, por ejemplo, casi puede verse un nuevo orden de
movimiento, en el que la luz y el aire reemplazan a la vieja
estructura lineal
Regresemos a la ciencia, a su enorme valor: sin ella no tendríamos
hoy vacunas, antibióticos, brújulas que guiasen
nuestros pasos, agua potable...tampoco alcanzaríamos
a comprender muchas complejidades del comportamiento humano,
del aprendizaje, del modo en que funcionan personas y grupos.
El trabajo científico es una nobilísima tarea
y, además, la ciencia tiene una ventaja: que puede
enseñarse. El conocimiento científico es transmisible;
es más, unos conocimientos se construyen siempre sobre
los precedentes, y la resolución de problemas es así
un largo camino en el que los científicos avanzan “a
lomos de sus predecesores”.
El arte, sin embargo, no puede enseñarse. Según
señalaba Borges, como mucho podemos enseñar
“el amor al arte”, enseñar a mirar, a escuchar,
a percibir... No es poco. El amor al arte puede cambiarnos
la mirada, nos puede convertir en parte activa de ese ejercicio
de seducción que es el encuentro entre la obra de arte
y el espectador (una seducción que alcanza también
al artista creador, tantas veces seductor imaginario e imaginado).
Pero la esencia de la obra de arte es precisamente ese acto
indescriptible de la intuición primera, casi siempre
en soledad, un raro milagro que se da, que se otorga, en el
espacio entero del estar...sin ir a nada... como decía
Valente .
Mas, aun sin ir a nada, la obra que el artista crea en un
momento de silencio frecuentemente acaba encontrando su lugar
para el diálogo en el mundo, cuando otro ser se hace
cómplice de esa mirada, en el momento en que creador
y espectador mezclan su intuición o su deseo, alcanzan
a fundir lo visible y lo invisible.
En este ejercicio, cuando la obra de arte es percibida por
el espectador en un equilibrio sutil entre lo demasiado evidente
y lo demasiado difícil , se movilizan, como lo hacían
en el acto de crear, razón y corazón, mente
y cuerpo, realidad e imaginación. Lo esencial, entonces,
del método artístico, es ese “rompimiento
de fronteras” (según el viejo concepto) en el
que lo que pensamos y lo que soñamos o encontramos
tienden a fundirse con el cosmos en un espacio único,
allí donde se albergan, en maridaje cómplice,
el yo y el nosotros, el orden y el desorden, el azar y lo
cierto... un lugar donde se unen la contingencia de todo lo
vivo y la capacidad de trascender la propia existencia.
Las fronteras son ahora espacios porosos, débiles
telas de un finísimo tejido que deja pasar el agua
de uno a otro lado. Desaparecidas las falsas delimitaciones
entre el microcosmos (el mundo de nuestro yo y nuestro medio
ambiente) y el macrocosmos (el gran espacio que es la casa
de todos), la vida se instaura a través del mestizaje,
es una oportunidad para habitar desde la cooperación
y la compasión este planeta cálido donde el
amor despierta amenazado,
pero despierta, al fin
y nos despierta.
Finalmente, podemos preguntarnos si existe, en cuanto al
método, alguna experiencia o momento compartido en
el que el quehacer científico y el artístico
se confundan. A lo cual parece posible responder que sí,
y que más que uno. Baste recordar, por ejemplo, cómo
influye la imaginación científica en el decisivo
momento de formulación de una hipótesis. La
mente del científico funciona entonces de un modo parecido
a la del artista. En ese acto se ponen en juego multitud de
conexiones inéditas, relaciones inventadas, inexistentes.
Es un acto creador que también intenta hacer visible
lo invisible, pero que después seguirá otro
camino para intentar conseguirlo.
Por otra parte, algunos expertos hacen hincapié en
el papel decisivo de los llamados “presupuestos temáticos”
o thêmata sobre la orientación singular de los
descubrimientos científicos, al resaltar el modo en
que la formación y las fuentes imaginarias de cada
investigador (frecuentaciones, educación, lecturas...)
influyen en las expectativas de lo que éste espera
o desea encontrar e incluso en la explicación que de
ello hace. Esta influencia, generalmente aceptada en el terreno
artístico, plantea un condicionamiento previo al método
y está presente -se reconozca o no- en toda la secuencia
de su aplicación científica, lo que aproxima,
o al menos disminuye, las distancias entre uno y otro modo
de crear conocimiento.
Volviendo a la crisis y sus desafíos, parece posible
afirmar que, si la modernidad nos llenó de falsas dicotomías,
el tiempo que ahora se abre paso nos invita al encuentro de
lo que estaba desunido. Teorías y sueños, cuerpo
y mente. Ciencia y arte, análisis y creatividad, son
vistas, desde esta perspectiva, como formas complementarias
que, en el tránsito hacia un nuevo milenio, están
llamadas a romper sus barreras para ofrecer a los seres humanos
un discurso integrado e integrador: el del conocimiento que
se produce en las interfases entre nuestras cogniciones y
nuestras emociones, entre lo que nuestros sentidos perciben
y nuestro espíritu imagina.
Afortunadamente, todo el siglo XX ha sido ya, de forma lenta
pero inexorable, un período de preparación para
el encuentro. Desde que Max Plank, Einstein, Bohr y tantos
otros sentaron las bases para la quiebra del modelo mecanicista
del mundo, los científicos han ido haciendo un trayecto
de humildad, de reconocimiento de sus límites, y también
de aceptación de otros saberes como formas complementarias,
necesarias, para la interpretación del todo.
Decía David Bohm que la Naturaleza opera más
como un artista que como un ingeniero y que, por tanto, requiere
de una actitud básicamente artística para comprenderla.
Muchos científicos han compartido esa visión
y utilizan la metáfora de “la naturaleza como
obra de arte” , al tiempo que otros explican, con evidente
sentido artístico, el recorrido del quehacer científico
del viejo al nuevo paradigma como un tránsito “de
los relojes a las nubes” (es decir, de una ciencia mecanicista
que se ocupaba de los fenómenos reversibles, a una
ciencia que acepta lo incierto, lo indeterminado, lo borroso...
la vida en toda su complejidad)
En 1975 un Físico, Frithof Capra , puso en alto una
pregunta que antes se habían hecho otros muchos: “¿Es
la física moderna un camino con corazón”.
En 1979, Ilia Prigogine, Premio Nobel de Química, escribió
con Isabel Stengers, filósofa, un bellísimo
libro cuyo título simboliza todo este acercamiento
de la ciencia a otros saberes. El texto se llamó “La
nueva alianza” , y anunciaba el entrecruzamiento posible
entre la ciencia y la filosofía, así como también
un movimiento de impulsión y atracción que lleva
a las propias ciencias a unirse entre sí, dando lugar
a campos interdisciplinarios de extraordinaria fecundidad.
El arte y los artistas, por su parte, han hecho una trayectoria
similar. Desde el advenimiento de las Vanguardias artísticas,
todo el siglo XX ha sido fecundo en este movimiento de interpelación
y convulsión que cuestionaba la coherencia y los límites
de lo racional.
Movimientos como la Bauhaus, en Europa, trabajaron para integrar
la capacidad de vivencia subjetiva y la capacidad de reconocimiento
objetivo, como anunciaba Itten , uno de sus grandes pedagogos.
Al tiempo, las vanguardias artísticas, en sus diversas
manifestaciones, han ido aportando propuestas para el tránsito
desde la añoranza homogeneizadora de las leyes científicas
a la celebración de la diversidad. Escuchemos a Paul
Klee :
“Precioso es el conocimiento de las leyes, con la condición
de precaverse de todo esquematismo que confunda la ley desnuda
con la realidad viva”
Porque no a toda hora el pensamiento sigue la lógica
formal ni ninguna otra, por material que sea, es preciso utilizar
métodos que se hagan cargo de esta vida, de todas las
zonas de la vida, y todavía más de las agazapadas
por avasalladas desde siempre o por nacientes , esas que con
frecuencia están en los “ecotonos” donde
se encuentran ciencia y arte.
El arte del siglo XXI tiene hoy, al igual que la ciencia,
el reto de expresar la crisis ambiental que vive la humanidad,
de indagar en ella, también de plantear nuevas visiones
y propuestas. En este desafío, las posibilidades del
arte y de los artistas se amplían notablemente cuando,
acercándose a la naturaleza y a los ambientes creados
por el ser humano, los abordan de la mano de la ciencia y
no de espaldas a ella, para la recuperación de lo que,
por largo tiempo, parecía perdido:
- la unidad del conocimiento, como expresión de la
unidad de lo real.
- el sujeto (en la ciencia, en el arte) como sujeto que piensa,
siente, imagina...
- la posibilidad de una comunicación total (en la que
intervengan cogniciones y emociones) de los seres humanos
entre sí y con su entorno.
Al arte así entendido le he llamado ECOARTE. Como
antes comenté, desde hace quince años tanteo
este camino: un modo de informar acerca del yo en el nosotros,
una forma de entendernos como episodios dentro del todo; un
movimiento en el que la obra de arte se sitúa en la
interfase entre lo que la ciencia nos dice y lo que la imaginación
nos advierte, también entre el sujeto histórico
y su contexto, el medio ambiente. Un arte que estaría
cerca, o querría estar, del que Octavio Paz reclamaba
como “arte de la convergencia”, de la reconciliación
.
Otros artistas me precedieron y son muchos también
los que hoy día desarrollan su trabajo en parecida
dirección. Cuando iniciamos este nuevo milenio, cuando
nos preguntamos acerca del progreso y de las direcciones del
progreso, parece posible aceptar que, tras un siglo de tanteos,
de seducción, de errores y rectificaciones entre la
ciencia y el arte, ambos están llamados a llegar al
reconocimiento de sus zonas de encuentro para dar, juntos,
cuenta del mundo. La crisis ambiental que padece el planeta
se constituye así en un reto para la reconciliación
y, a la vez, una oportunidad para el trabajo compartido, el
abrazo constructivo entre científicos y artistas.
Porque, en definitiva, quienes nos hemos asomado a la aventura
de conocer, desde uno u otro campo (y a veces compartiendo
ambas dimensiones, como es mi caso) sabemos que esa aventura
sólo es posible, sólo resulta válida
y gratificante, cuando buscamos conocer con nuestro cuerpo,
con nuestra pasión, nuestros sueños y sentimientos...
y también con la mente.
El paso de la modernidad a la postmodernidad nos brinda ya,
para ello, una nueva visión del conocimiento: la que
integra y no excluye; la que abraza y no niega; la que asume
la incertidumbre, el azar..., la visión que aún
guarda el asombro para hacerse preguntas compartidas, para
reconocer cuánto nos queda por descubrir
a nosotros
paseantes de la vida
que quisimos entenderla
y, al fin,
nos conformamos con amarla.
MARIA NOVO
Pozuelo de Alarcón (Madrid), año 2001.
NOTAS:
ARGULLOL, R. (1995). Naturaleza: la conquista de la soledad.
Lanzarote. Fundación César Manrique.
BERGER, J. (1985). The sense of sight (versión española,
1990: El sentido de la vista). Madrid. Alianza.
PAZ, O. (1996). El mono gramático. Barcelona. Seix
Barral
Sobre este tema véase BATESON, G. (1979) Mind and Natura.
A necessary unity.N.York. E.P.Dutton., así como BOHM,
D. (1987) Wholeness and the implicate order (versión
española 1988: La totalidad y el orden implicado).Barcelona.
Kairós.
Sobre la crisis de la modernidad y los planteamientos postmodernos
remitimos a la amplia bibliografía de Baudrillard,
Foucault, Derrida, Lyotard, Vatimo... Entre las obras en lengua
española resultan útiles RIPALDA, J.M. (1996)
De Angelis. Madrid. Trotta, y PINILLOS, J.L. (1997). El corazón
del laberinto. Madrid. Espasa Calpe. En el campo específico
del arte, véase DANTO, A.C. (1997) After the end or
art (Versión española 1999:Después del
fin del arte).Barcelona.Paidos.
Sobre el nuevo concepto de frontera véase WILBER, K.
(1979) No boundary (Versión española, 1985:
La conciencia sin fronteras).Barcelona. Kairós.
Sobre este tema véase la obra de WATZLAWICK. P., von
GLASERFELD, E., VARELA, F. , entre otros.
MATURANA, H./VARELA, F. (1990). El árbol del conocimiento.
Madrid. Debate
PRIGOGINE, I. (1993). Le leggi del caos (versión española
1997. Las leyes del caos).Barcelona. Crítica.
BATESON, G. op. cit.
GELL-MANN, M. (1994). The quark and the jaguar: adventures
in the simple and the complex (versión española
1995:El quark y el jaguar: aventuras de lo simple y lo complejo)
Sobre esta tema véase WAGENSBERG, J.(1985). Ideas sobre
la complejidad del mundo. Barcelona. Tusquets, y (1988) Ideas
para la imaginación impura.Barcelona. Tusquets.
BOZAL, V. (1997). Historia de las ideas estéticas.
Madrid. Historia 16.
BOHM, D/PEAT, D. (l987). Science, orden and creativity (versión
española 1988: ciencia, arte y Creatividad). Barcelona.
Kairós.
Sobre este tema véase VALENTE, J.A. (1994). Las palabras
de la tribu.Barcelona. Tusquets.
GOMBRICH, E./ERIBON, D. (1991). Ce que l´image nous
dit (versión española 1992: Lo que nos cuentan
las imágenes).Madrid. Debate.
Véase el interesante trabajo de DURAND, G. (1994) L´imaginaire
(Versión española 2000: Lo imaginario). Barcelona.
Ediciones del Bronce, y su referencia a la obra de HOLTON,
G.
Remitimos a la amplia obra de PRIGOGINE, I; BOHM, D; REEVES,
H., entre otros.
Véase POPPER, K. (1965). Of couds and clocks y obra
posterior sobre determinismo e indeterminismo en la ciencia.
CAPRA, F. (1975). The Tao of Physics (versión española
1984: El Tao de la Física). Barcelona, Kairós.
El tema es también ampliamente tratado en su obra (1982)
The turning point (versión española 1985: El
punto crucial). Barcelona. Integral.
PRIGOGINE, I./STENGERS, I. (1979). La nouvelle alliance-Métamorphose
de la science (versión española 1983: La nueva
alianza-metamorfosis de la ciencia).Madrid. Alianza.
ITTEN, J., citado en DROSTE, M. (1993). Bauhaus. Berlin. Bauhaus-Archiv
Museum für Gestaltung
KLEE, P. (1976) Teoría del arte moderno.Buenos Aires.
Calden.
ZAMBRANO, M. (1988). Claros del bosque. Barcelona. Seix Barral.
PAZ, O. (1990). La otra voz. Barcelona. Seix Barral.
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